Que nunca te tomas en serio nada de lo que te digo.
Te hablo de sangre, de muerte, suicidios y sinvivires, y tú sigues riéndote de mis explicaciones alocadas de todo aquello que he imaginado. Aún te sientes capaz de burlarte de las palabras que cosen mi mente, y piensas que no van en serio. Crees que sólo exagero.
Y ojalá.
Nunca te creerás que he soñado con mi muerte, y que disfruté con ello. Porque las fantasías no son sólo sexuales. Y no sólo contigo.
"Escribes precioso, debes tener una mente desastrosa."
Y mi mente es apocalíptica, desordenada, oscura, yo. Y, sobre todo, desastrosa.
¿Me crees ahora? Ahora que estoy muerta, digo. Ya no te ríes de todos aquellos relatos de muerte que te recitaba con ojos brillosos, ni de mis delirios de suicidio, fantasías plenas. Pero antes lo hacías y me despreciabas por ello, no te entendía, si yo te contaba los cuentos de mi interior con toda la ilusión que podía llegar a tener. Me dolía. Y ahora me duele verte. ¿Por qué lloras? ¿Acaso no te alegras de que haya llegado a todo aquello que soñaba? Oh. No estés triste. Siempre estaré contigo. Eso también te lo decía. Susurros en cada noche de que te amaré para siempre.
Y siempre lo haré.