Esa chica
a la que le sobran
interrogaciones
y desprecia
exclamaciones.
No la ames.
Esa chica
nunca usa cielos
ni cariños
o corazones
para referirse a ti.
No los usa
porque su cielo
está
en llamas,
su cariño
no existe
y su corazón
es un vacío.
Y tú no le importas.
Para ser sinceros
te necesita
pero
necesitar es debilidad;
y debilidad para ella
es sentimiento:
sola,
triste.
No la ames, tiene demonios tras de sí.
Se pregunta
dónde está su mente.
Se ha mudado a su corazón
y su corazón al cerebro.
Demasiadas costillas
para tan contaminados pulmones
y muy poco cráneo
para tantas ganas de romperlo.
"El cielo no es suficiente
si cuando esté allí no te recuerdo".
Si bien poco importan
divinidades,
opiniones,
caminos;
ella baila ebria
con la lengua llena de pastillas
y con sangre seca en los nudillos.
No le preocupa la vida.
Difumina estrellas
exhalando humo.
Ya no ama a Evangelyne
porque su brillo era demasiado.
Demasiado hermoso para desperdiciarlo a su lado.
No piensa en el suicidio
porque no quiere complacer a
La Muerte.
Aunque ella ya esté muerta en vida.
Se diluye entre sus dedos
pensando en amores imposibles
que no quiere hacer reales
porque les teme
en silencio.
Y con las uñas mordidas
sucias
descuidadas
ama a pobres diablos.
Se estira por las mañanas
y suena como una rama seca
pero se ve como
un león famélico.
Y con mirada de demonio.
El café le sabe a amaneceres
de haber pernoctado
y le da ganas de vomitar
cada hora que la despierta.
Adicta a la cafeína
para vivir
toma pastillas para soñar
y alcohol para reír.
Se besa los brazos
por donde corren venas
porque quiere sentirse viva
y lo único más afilado que una cuchilla
son sus labios.
No la ames
pues
está rota
y corta.
Cada palabra que susurra
en una sonrisa irónica
son devenires de satanismo
en labios de una atea.
Y su lengua.
Esa lengua fría
que se siente tan caliente
en bocas ajenas.
Cómo cada diente
marcaba la piel,
zambulléndose en la carne
y sonriendo sobre ella.
Pero amanecía
y olía a café
y ella ya no estaba;
se había ido.
Porque dice ser libre
mientras oculta las muñecas
marcadas de grilletes
oxidados.
Lloraba en estéreo
alto
a pleno pulmón
encerrada en su habitación
presa de temblores
y mil voces
en su cabeza
tan reales como la sangre que le gotea.
Ámala
tanto y tan fuerte
que ya no pueda
romperse más.
Ámala hasta hacerla polvo.