Y quién se figura
de las mentiras camufladas
en mi acento.
Te recito falacias
como mundos infinitos
mientras tú te pierdes
en el brillo de mis ojos,
en el vaivén de mis labios.
Imagínate que tú y yo
nos saciamos,
devoramos,
las ganas de comernos.
Engulléndote poco a poco,
saboreándome con ansiedad.
Degustas la desesperación
de compartir conmigo;
mi paciencia y esmero
en escrutarte
para saber qué flanco despedazar
y hacerte mía
ahogándome con tu sangre.
Y tú aúllas de placer
aún sabiendo que mi saliva
te va a corroer,
impedir que sanen las dentelladas.
Que las costras te escuezan
y rezumen septicemia.
Ahora di que es mi culpa,
atrévete a confesar en mi contra
cuando tú,
con tu mirada de cordero,
me rogabas que te destrozara el corazón.
Cuando besarte se me queda corto
y mis uñas arañan la posibilidad
de ir más allá,
me doy cuenta de que en esta noche
de frío sedante y húmedo aliento
necesito sobrevivir en tu cuerpo
de acabados templados,
entrar tan dentro
que te llegue al mismísimo Infierno
y te entorne los ojos hacia el
Paraíso.