jueves, 25 de septiembre de 2014

insomnio.

A veces confundo mis fantasías y de verdad creo que estés ahí, dispuesta a entregarte, a reclamarme.

Quiero pensar que tus manos heladas pasan por mi piel, despegándola lentamente de la ropa, haciendo que se erice, arqueando mi espalda, sujetando mi respiración.

Imaginar tu cara a centímetros de la mía, pero que por crueldades del ángulo de visión pueda verla entera. Clavarme en tus ojos, para que los tuyos se desatornillen hasta mis labios, seguirte, y ver que tú te lo estás mordiendo.

Peligrosamente tiras cualquier rastro de matemáticas restando la distancia que quedaba entre nuestras bocas. Pero te olvidas de un problema, y es que el beso es inevitable. Mi yo decidida se va a la mierda, y ahora soy un cachorro que tiembla ante infinitas posibilidades.

De no saber. De que ya no quieras. De que puedas parar.

Y te dejo respirar sobre mí, existir sobre mí, mientras yo me reduzco a una impotente presión en tu cadera.

Aprietan mis dedos.

Cuando menos me lo espero me encuentro gimiendo todo lo débil que puedo, reprimiendo con todas las fuerzas posibles cualquier evidencia de que deseo que continues bajando por mi cuello a besos, a tiernos mordiscos.

Quiero que subas y me respires en el oído, y tú eres tan terriblemente puta que encima lo haces mientras, con un dedo, me vas subiendo la camiseta.

Sabes que estoy apretando los dientes, sé que notas mi respiración. Quiero decirte que no pero se queda en una palabra a medio gemir, muriendo en suspiro.

Pero paras, y te quitas los pantalones, vuelves a morderte el maldito labio y me los quitas a mí. Me cubres de nuevo. Noto como gozas de cada centímetro que conquistas. Por mis costillas, las caderas. Como tus dedos necesitan adelantar al resto hacia el interior de... De nada.

Porque soy otra vez yo imaginando. Y me derroto entre desvelos, dándote las gracias de que con tus fantasías aleje el insomnio. Porque duermo cada noche con esa acción inacabada en mi mente. Una tortura de la realidad.